Como si se tratara de organismos dañinos, el viento, la nieve o las heladas son las causas de la aparición de algunos síntomas similares a los producidos por plagas o enfermedades.
El viento acentúa el efecto de las bajas temperaturas y la sequía. Por lo tanto, además de desgajar ramas, puede provocar portes raquíticos, deformaciones o follaje pobre en copas. Por otro lado, el aire del mar ocasiona quemaduras en las hojas ya que la sal acumulada es fitotóxica.
La nieve produce roturas por acumulación y favorece la aparición de enfermedades en las praderas de gramíneas ya que algunos hongos (como el Fusarium nivale) encuentran su óptimo de desarrollo en estas condiciones de temperatura y humedad. La nieve tiene un efecto ventajoso: sobre las plantas es un protector contra las heladas.
La helada forma cristales de hielo en las células de los tejidos vegetales y esto los desgarra produciendo algo parecido a quemaduras. Bajo periodos de heladas y deshielos consecutivos, se producen grietas en los troncos y ramas (por contracción de los tejidos y posterior dilatación). Otro problema es la muerte por desecación: si tras una noche fría se sucede un día soleado, la planta transpira excesivamente y en ocasiones no dispone de agua en el suelo para compensar la deshidratación ya que está se encuentra helada.