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LAS ESTUFAS DEL RETIRO

En un discreto rincón del madrileño Parque del Retiro, junto a la Plaza del Ángel Caído, tras unos paños de tapias se esconde un espacio tan disimulado por su modesta entrada que apenas es reconocido por los ciudadanos.

 

Se trata del Reservorio Municipal de Estufas del Retiro (estufas es como tradicionalmente se ha llamado a los invernaderos). Un lugar de 35.000 m2 que se construyó durante el siglo XIX y que aún mantiene su funcionamiento con invernaderos de cristal y acero de un interés histórico notable.
 

Un día lluvioso de otoño no es el más idóneo para adentrarse en un vivero con atuendo periodístico, o sea sin botas de agua ni traje de faena. No obstante la ocasión lo merece, pues no se trata de un lugar abierto al público como el Estanque o el Palacio de Cristal sino de un discreto lugar de trabajo. Sólo pidiendo una cita previa es posible adentrarse en este camuflado paraje del Retiro.
 

Jardinactual.com ha tenido suerte y es Javier Spala Ingeniero de Montes y Jefe de la División de Parques y Jardines quien me recibe atentamente, con mil tareas que atender de por medio en mitad del chaparrón, pero con ánimos para contarme y mostrarme tan interesante lugar.
 

Spala me pone en situación y cuenta que en total existen 23 invernaderos de distinta calaña. Los primeros datan del siglo XIX y los posteriores han conservado un diseño típico de vivero tradicional de cristal y acero. Sin demora, paraguas en mano y a contraviento, pasamos de la teoría al recorrido que sería el mismo que cualquier grupo de visita hubiera disfrutado.
 

Microbotánicos tropicales
El primer invernadero que visitamos, situado a la entrada, es el más antiguo y se cree que data de 1895. Se trata de una estufa semifría de las denominadas tipo capilla o a dos aguas repleto de planteles de plantas de temporada, vivaces en sus primeras fases y plantas de interior. Toda una belleza arquitectónica de hierro y cristal, una especie de microcatedral traslúcida para plantas, a años luz -desde el punto de vista artístico- de lo que hoy se concibe un invernadero productivista.
 

A continuación entramos en los invernaderos adosados a un muro. De ellos sorprende por su belleza el que perteneció al Palacio de Liria cuyo origen se remonta al siglo XIX y que en 1956 fue trasladado a los viveros del Retiro. Se trata de una suerte de mini palacio de cristal destinado al cultivo de planta tropical. Entre muchas especies destacan unas grandes y bellas cicas que desde hace 15 años no salen de esta selva en miniatura mientras que el resto de las plantas ocasionalmente se destina a eventos requeridos por el Consistorio.
 

Visto esto resulta difícil creer que en estos tiempos donde prima la rentabilidad de las producciones aún se mantengan estas coqueterías del primitivo viverismo que entran en contradicción las formas productivas actuales, pero que en realidad son como un museo de la historia de la jardinería en funcionamiento, lo cual no tiene precio. De hecho, comenta Spala, “el mantenimiento es grande y al cabo de uno años hay que levantar el cristal limpiarlo y volverlos a poner”.
 

En este sentido Madrid tiene la suerte de conservar estas estufas como pocas ciudades europeas y fue quizá la misma dejadez con que se trató el patrimonio municipal en los años 70 lo que facilitó el olvido de estos elementos en el cuarto oscuro de la memoria de la Villa sin que se destruyeran por su menor rentabilidad económica. Ahora las cosas han cambiado y como reconoce Spala “el Ayuntamiento de Madrid es consciente de su valor histórico y si que está destinando dinero para su conservación”.
 

Las cajoneras
Dejamos este invernadero adosado a muro, (con la finalidad de estar más protegido del frío en invierno y orientado al sur para captar mejor la luz solar) y salimos al diluvio donde otro resquicio del viverismo tradicional nos espera: las cajoneras. Su aspecto es el de largos trojes o pesebres incrustados en el suelo pero que en realidad son los más rústicos y rudimentarios invernaderos del vivero.
 

Tienen poco de artísticos aparentemente pero su manejo requería maestría. Según comenta Javier Spala el fondo se rellenaba con estiércol de caballo y hojas cuya fermentación proporcionaba calor suficiente para las plantas que se colocaban encima de la mezcla en el invierno. Además, el mantillo de la mezcla fermentada resultaba un excelente enmienda orgánica para los jardines.
 

Pero la cosa no quedaba ahí, como en los semilleros de cama caliente estas cajoneras se tapaban con un cristal o bastidores y sobre ellos cada noche te extendía una especie de persiana tejida con paja de centeno denominadas “zarzos”. Spala habla en pasado porque ya no se utiliza aunque si que funcionaba, eso sí, a costa de la muy entretenida tarea de cada día retirar el zarzo al despuntar el día, ponerlo al ocaso y ventilar el plantel una vez al día con el sumo cuidado de que por un leve descuido el frío helara las plantitas.
 

Actualmente las cajoneras se han reciclado como zonas de cultivo protegido para plantas de temporada y pequeños arbustos, como semilleros al aire libre de pensamientos, alhelíes, etc en otoño y como zonas de plantación de plantas madres y cultivos de flor cortada.
 

Moderno y antiguo
De nuevo en cubierta entramos en los invernaderos adosados. En este caso destinados para multiplicar planta de interior. Es aquí donde Spala explica cómo, antes de que hubiera calefacción de gasoil con termostato e informatizada en muchos casos, se caldeaban con un sistema denominado termosifón que exigía que, durante toda la noche, un grupo de obreros alimentaran una caldera de carbón. Eso sí, este sistema no precisaba una bomba para elevar el agua, ya que se movía por diferencia de densidad en un circuito cerrado.

 

Igualmente el riego en casi todos ellos se hace con un sistema de agua pulverizada denominada Fog (niebla en inglés) que además de ahorrar tiempo, en verano consigue bajar la temperatura ambiente de 40 ºC a 30 ó 35 ºC con humedad ambiental elevada. Esto a su vez permite controlar la fatal plaga de araña roja cuyo caldo de cultivo son las altas temperaturas junto a una baja humedad ambiental. Prueba del riego manual de antaño son los depósitos que hay en cada invernadero de donde se tomaba el agua para las regaderas cuando el Canal de Isabel II aún no proporcionaba suficiente presión. De todas maneras esta agua tibia del aljibe, como comenta Javier Spala, es buena para regar a mano durante los meses fríos. Sin duda estos cambios tecnológicos explican que el número de empleados haya mermado de los más de 100 empleados en tiempos pasado unas 30 personas en la actualidad.
 

Por fin dejamos los invernaderos laterales para dirigirnos al ala izquierda del vivero mientras el barro se va haciendo más pesado y los charcos aumentan. Estamos frente a las estufas modernas aunque tienen 30 años de antigüedad. Son de hierro galvanizado y aluminio y la cubierta es de policarbonatos, mejoras que significan un menor manejo de las condiciones de humedad y temperatura y, en el día de hoy, la ausencia de goteras. Como novedades destacan el carro de riego y la colocación de las macetas en “mesetas” o largas plataformas.
 

De estos viveros salen plantas de flor, prímulas, coles, pensamientos para otoño e invierno y plantas vivaces con flores que un grupo de viveristas cambian de macetas mientras hacemos la visita.
 

Los siguientes viveros que visitamos son antiguos y pequeños, como largas casetas de cristal y metal. Allí un par de operarios realizan la multiplicación de especies por esquejes.
 

Finalmente la ruta se completa atravesando zonas al aire libre donde está la máquina de enmacetar o grandes arbustos de adorno, como unos esbeltos laureles. También hay platabandas, que son zonas de cultivo al aire libre para plantas en maceta o bandeja y que, en particular, se dedican al endurecimiento de las plantas de temporada y para el cultivo y mantenimiento de los arbustos. También hay un umbráculo, cuya cubierta es plana, con malla de sombreo en techo y laterales que sirven para proteger ciertos arbustos del exceso de insolación en verano y crear unas condiciones de humedad y frescor adecuadas para el desarrollo de aralias, aucubas u hortensias entre otras plantas. Por otro lado, los túneles sirven tanto para sombrear, mediante la instalación de mallas en verano, como para proteger a las plantas del frío mediante una cubierta de plástico flexible en invierno.
 

Vivero especializado
 

Aunque en sus orígenes el Vivero del Retiro se dedicó a la producción de todo tipo de plantas ornamentales, en los últimos años se ha especializado en la producción de plantas de flor para macizos (plantas de temporada anuales, bisanuales y vivaces) la mayoría para el parque del Retiro, aunque también hay una pequeña producción de plantas verdes de interior y de arbustos. Estas últimas se destinan para adornos municipales (congresos, procesiones, recepciones, etc) regresando al vivero para recuperarse y volverse a utilizar tras pasar por el fito-hospital. Para eventos extraordinarios como la boda del Príncipe de Asturias el vivero tuvo que facilitar gran cantidad de planta ornamental para el exterior.

Por otro lado, no se descuida la investigación, cuyo objeto es la obtención de especies y variedades que se adapten a la climatología extrema de Madrid para su utilización en los macizos de flor urbanos y también para otras utilizaciones como tapizantes, cubresuelos...Un claro ejemplo de que lo histórico no tiene por que estar reñido con lo moderno.
 

Los amantes de la jardinería tampoco deben olvidar que Madrid dispone de otros dos viveros históricos además de éste: el de la Casa de Campo dedicado a la producción de árboles y arbustos para la ornamentación de las calles madrileñas con una superficie actual de 150.000 m2 . Y por otro lado, el Vivero de Migas Calientes, junto a la M 30, cerca del Palacio de la Moncloa, que tiene la particularidad de haber albergado el primer Jardín Botánico de Madrid en el siglo XVIII.
 

Pero como todo lo contado sabe a poco lo mejor es pedir cita, adentrarse en sus estufas y redescubrir un pedacito del Retiro con un clásico sabor histórico.

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