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HAYEDOS EN OTOÑO

En el reino de las sombras y las nieblas, los hayedos se tornan más misteriosos, bellos y mágicos cuando llega el otoño.

Antes de abandonarse al sueño del invierno y detener el flujo de la savia, estos bosques se despiden derrochando un colorido fulgurante. En España existen unos 40 hayedos que nos ofrecen la posibilidad de vivir una experiencia inolvidable para los sentidos.

Si el otoño se desborda con toda su plenitud cromática es en los hayedos. La detonación de ocres, anaranjados, amarillos y rojizos de las hojas se mezclan con el verde fosforescente de los musgos y el plateado de los troncos, todo acompañado del susurro frecuente del agua. Caminar por un hayedo en pleno otoño es una indescriptible experiencia sensorial que induce al recogimiento, a la introspección y que merece ser vivida en más de una ocasión. En nuestro país son 40 hayedos los que nos ofrecen la oportunidad de sumergirnos en este reino de las sombras que evoca el mágico mundo de los, elfos, los duendes y las ninfas, sólo imaginable en estos umbrosos lugares.

A pesar de que los hayedos pueden dar la sensación de acompañar a la Tierra desde la noche de los tiempos por su vetusta apariencia son los bosques más jóvenes del viejo continente pues se instalaron hace sólo unos pocos miles de años al amparo del clima templado húmedo del periodo subatlántico. Su origen está en el Cáucaso y Asia Menor desde donde fueron avanzando hacia occidente gracias, según los botánicos, a unas mejores temperaturas de la última fluctuación glaciar.

Reguladores del clima

A la Península Ibérica llegaron hace unos 3.000-5.000 años ocupando lugares templados y húmedos. Por tanto, hablar de agua y de hayas es decir casi lo mismo. El hayedo es como un manantial que recoge la humedad del aire y detiene las nieblas destilando agua por cualquier rincón del bosque. Sus raíces largas y superficiales son poco exigentes con el tipo de suelo (salvo con los salinos y encharcado), sin embargo cada otoño devuelve generosamente a la tierra un nuevo manto de hojas que la nutre y la protege de la erosión.

Los hayedos españoles por localizarse en el límite sur de su distribución europea tienen alguna que otra peculiaridad, como la dificultad de encontrarse generalmente por debajo de los 1.000 metros, mientras que en otros lugares de Europa pueden vivir en el nivel del mar. Es a partir de esta altura cuando encuentran la humedad necesaria para su desarrollo ya que las nieblas y las lloviznas generan las condiciones de elevada humedad ambiental que necesitan.

Reino de las sombras

El ambiente otoñal en el hayedo está considerado como un marco idílico. Las temperaturas no son muy frías y resulta agradable el paseo sobre un colchón de hojas crujientes mientras vemos deshilacharse las nieblas sobre las cumbres. Es en este tiempo cuando nacen las setas, muy abundantes en estos bosques, y cuando las hayas desprenden su fruto -los hayucos- comestibles por el hombre pero sobre todo demandado por roedores, corzos, liebres, gatos monteses, visones, ciervos, jabalíes, martas, armiños, osos, arrendajos, urogallos... pobladores todos ellos de estos bosques.

En las lindes del hayedo, y según las características del mismo, las zarzas, los endrinos, los rosales silvestres, las madreselvas, los brezos y las retamas ofrecen su parto de frutillos y su punto de color al otoño. Además otras especies viven en sus lindes o se introducen en el hayedo cuando las condiciones le son propicias como los olmos de montaña, los arces, los serbales, los tilos, los fresnos, los avellanos y los majuelos entre otros. En algunas ocasiones el amarillo fulgurante de los hayedos contrasta con el verde perenne de los abetos, acebos, bojes y tejos que acompañan frecuentemente a los bosques de hayas.

Las hayas saben sacar partido al medio que habitan dificultando el crecimiento de otras especies, sobre todo herbáceas, dado que la luz llega escasamente el suelo tras atravesar el denso tamiz de sus copas. Aún así algunas plantas se han adaptado a vivir bajo esta penumbra gracias a que su desarrollo vegetativo y floración son anteriores al brote de las hojas. Diversos líquenes, musgos, helechos, eléboros, pulmonarias, hepáticas, aspérulas, dafnes, euforbias, violetas, dientes de perro, amapolas amarillas orquídea “zuecos” entre otras plantas viven en estos medios según el tipo de hayedos.

Paisaje multicolor

El hayedo no es sólo es sinónimo de otoño ya que todas las estaciones aportan su pincelada de magia y color. En invierno la mayoría de los hayedos cantábricos y pirenaicos están nevados y reina el silencio sólo entrecortado con el aullido del viento entre las ramas desnudas. No hay que olvidar que pueden aguantar temperaturas de hasta -25ºC. En la primavera el bosque recupera los trinos de las aves y la savia, como una serpentina asciende desde las raíces hacia las ramas despuntando los primeros brotes de color vinoso; la nieve se derrite y el agua suena como un concierto imperturbable. En el estío, el verde brillante de las hojas nuevas contrasta con el manto ocre de hojarasca del suelo y el hayedo es un refrescante lugar donde no hace mella el fogonazo de la canícula.

Podríamos decir que éstas son las estampas que nos muestran los hayedos, y es cierto, aunque sólo a grandes rasgos, ya que cada uno de estos bosques, según su ubicación, tienen una personalidad propia. En Asturias son conocidos los hayedos del Parque Natural de Somiedo, que según los expertos, es el más protegido de España debido a la abundante fauna amenazada que allí se refugia entre la cual se incluye el oso cantábrico y el urogallo. En esta comunidad autónoma también se puede disfrutar de la belleza de los hayedos de Muniellos, el Parque Natural de Redes y Picos de Europa, este último compartido con Cantabria y Castilla y León, todos ellos situados en zonas relativamente agrestes pero accesibles al caminante.

Las mayores superficies de hayedos se encuentran en el norte de Navarra. Se trata de un frondoso cordón forestal que recorre todo el Pirineo y aledaños. Allí se encuentra, según los expertos, el segundo hayedo más grande de Europa, la selva de Irati con 17.195 hectáreas después de la Selva Negra (Alemania). Irati cuenta con dos reservas de acceso restringido (Lizardoya y Mendilaz) y es el más parecido a los del resto de Europa. En esta inmensa floresta durante el otoño el visitante puede disfrutar además del paso migratorio de multitud de aves, que como las escandalosas grullas, cruzan el Pirineo Navarro rumbo a la Península. En las proximidades de Irati, el Parque Natural Sierra de Urbasa-Andía, situado en el noroeste de Navarra, es uno de los más atípicos y atractivos. Aquí aún se desarrollan actividades tradicionales como el pastoreo y por eso las hayas han sido adehesadas. Hay ejemplares añosos, altísimos y de troncos enormes que además se ubican sobre una inmensa llanura calcárea. El Señorío de Bértiz, el Valle de Aezcóa, el Valle del Roncal, la Sierra de Aralar, la Sierra de Aóiz, Belagua, etc, son sólo algunos de los múltiples hayedos que salpican la Comunidad Foral.

Tampoco se pueden obviar los frondosos hayedos del Pirineo aragonés y catalán. En Huesca, en el Parque Nacional de Ordesa y Monteperdido destaca el hayedo de Ordesa junto al de Añisclo y Pineta. Siendo distintos, los tres están enclavados en las laderas de profundos cañones calcáreos y están acompañados por otras especies vegetales formando un mosaico cromático de inigualable belleza

En la zona pirenaica de Lleida, el Valle de Arán muestra un hayedo muy bien conservado entremezclado con abedules, abetos y castaños. Fuera del Pirineo pero en tierras catalanas, al sur de Girona, esta la Fageda d´en Jordà, un esplendido bosque de hayas que tiene la particularidad de estar sólo a unos 300 m sobre el nivel del mar, siendo uno de los más bajos de Península. Curiosamente esta fageda (hayedo en catalán) se ha desarrollado sobre un suelo volcánico que en alguna ocasión tiembla levemente. Aquí abundan los senderos llanos y bien señalizados para la caminata.

En el sector oriental del Sistema Central, en la denominada Sierra de Ayllón, se encuentran dos reliquias de lo que en otro tiempo fueron estas formaciones boscosas. Uno de ellos es el hayedo de Tejera Negra (Guadalajara) y el otro el de Montejo (Madrid) ambos los más meridionales de la Península junto con la pequeña comunidad de hayas en el barranco de Vallcaneres, en los Puertos de Beceite (Tarragona) y los ejemplares aislados que aún quedan por la sierra de la Peña de Francia (Salamanca). Tejera Negra es un hayedo de ejemplares jóvenes que apenas superan los 5 metros, salvo excepciones, ya que fue sometido a una dura explotación maderera hasta mediados del siglo XX. Aquí podemos encontrar algunos de los tejos (de ahí su nombre de tejera) más bellos del país que han resistido el azote del hacha. En la misma Sierra de Ayllón ya en la Comunidad madrileña, Montejo se tiene como un tesoro muy bien guardado dada su pequeña extensión y la presión humana que soporta esta sierra, por ello su acceso está restringido y hay que solicitar visita.

Pero los hayedos no faltan en otras regiones españolas: los hay en Burgos como Las Pisas o El Monte de Santiago; en la Rioja en el Parque Natural de Cebollera; las laderas del Moncayo en Zaragoza cuentan con uno de estos bosque mágicos; el leonés paraje de Riaño se adorna con un hermoso hayedo en su límite con Palencia; El País Vasco, muy castigado por la industrialización arrancó muchos hayedos pero quedan muestras interesantes como el Valle de Altube (Álava) o el Valle de Arantzazu (Guiúzcoa) entre otros; o en la provincia de Barcelona donde se conserva el hayedo de Montseny.

Bosques de ensueño todos ellos que nos trasladan a una dimensión de sosiego y contemplación, donde el tiempo parece detenerse y la naturaleza tender una mano amiga de reconciliación con el hombre, la única criatura de la Tierra que abandonó los bosques y que a veces regresa con la misma nostalgia que impregna el hayedo en el otoño.

Paseo por un hayedo

La Selva de Irati.

Situación: Pirineos occidentales; en la provincia de Navarra.

Acceso: Desde Pamplona por la N.240 hasta Jaca y desde allí hacia el embalse de Yesa para subir por la carretera de Roncal que sigue hasta Isaba y Otsagi (Ochagavía).

Otra opción es ir desde Pamplona por la N-135 en dirección a Roncesvalles, hasta llegar a Otsagui y desde allí hasta Orbaitzeta. En este municipio en la frontera con Francia se pueden iniciar ya multitud de rutas que están señalizadas.

Alojamiento: Turismo rural: Tel. 948 229 328; Camping Osate (alquilan cabañas de madera): Tel. 948 890 184; Hostal Ori Alde (Otsagui), casa solariega tradicional y centenaria: Tel- 948 890 027; Casa Rural Mendicoetxea. Orbaitzeta: Tel. 948 76 60 50. Capacidad 6 plazas. Alquiler completo y fin de semana.

Visitas de interés: El valle de Erronkari (Roncal); Los impresionantes acantilados de la Foz de Lumbier o la Foz de Arbayún, ambas en las proximidades; Valle de Salazar donde abundan muchos pueblos con una rica arquitectura tradicional de enormes casonas de sillería encaladas encaladas, destaca Otsagui. Allí se puede subir a la ermita de la Virgen de Muskilda dando un paseo. Desde Orbaitzeta se puede visitar la antigua fábrica de armas en ruinas y continuar hasta la colegiata de Roncesvalles y el Puerto de Ibañeta.

-La ascensión al Ori (2.017 m)

-Visitar las queserías de Urzainqui, Uztárroz o Roncal.

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